¡Bienvenid@s a mi nueva novela: "Amores prohibidos pero eternos"!
Tengo muchas cosas en mente con respecto a esta historia, además de que estoy empezando a pensar que podría hacer un libro con ella. Pero para ello tengo que cambiarle los nombres a los personajes, así que esta será la versión de CDM (con los nombres de los personajes del juego), y en el libro vendría otra versión idéntica pero cambiando todos los personajes que fuesen inventados por ChiNoMiko, la creadora del juego.

En fin, sin más dilación ni más cavilaciones sobre el futuro de esta novela, os dejo con los capítulos.
¡Espero que disfrutéis leyendo!

PD: Se evitará en todo lo posible el decir el nombre de la protagonista, para que así podáis sentiros como si fueseis ella y sumergiros en la historia.

domingo, 27 de octubre de 2013

Capítulo 3

     El canto de los gorriones y el suave sonido de las hojas de los árboles siendo mecidas por el viento causaron que volviese a sentir la calidez de aquella cama, despertándome poco a poco e intentando que no me pesaran los párpados para poder conseguir abrir los ojos.
     Una vez conseguí abrirlos por completo, analicé mi alrededor, y organicé mi mente lo mejor que pude. Por lo visto no había sido un sueño. Realmente me había reencontrado con mi padre y me había mudado con él... Un bostezo escapó de mis labios, sacándome de mi ensimismamiento. Hoy sería un día duro, de eso estaba segura. Aún estaba un tanto cansada, pero sería mejor que comenzara a ponerme las pilas. Después de todo tenía que ir al instituto, y no podía quedarme todo el día durmiendo.
     Me senté en la cama y vi cómo el reloj marcaba las siete de la mañana. Al haber dormido tantas horas, incluso me había levantado antes de que sonase el despertador, algo que seguramente no volvería a pasar de nuevo. Era de las típicas chicas a las que se le pegaban las sábanas y a la que le costaba el mundo entero apartarse de la almohada, es por ello que me sentía un tanto extraña por el hecho de haberme despertado por mí misma tan temprano.
     Tras estirar un poco los músculos, me levanté de la cama y caminé prácticamente a ciegas hasta la maleta. Al ser tan temprano, el sol aún no había salido de su escondite, así que la habitación se encontraba completamente a oscuras, y el hecho de no saber dónde puse las gafas no ayudó demasiado. Cuando quise darme cuenta, me había tropezado con la maleta y estaba a punto de darme de bruces contra el suelo, por suerte, apoyé las manos por acto reflejo antes de que eso sucediera. Por las mañanas podía ser bastante torpe, después de todo... ¿quién no lo es cuando se acaba de despertar?
     El pequeño susto de la caída había logrado que despertase del todo, así que, en cuanto me recompuse, encendí la luz y saqué de la maleta la ropa que pensaba ponerme aquel día de otoño. El conjunto consistía en una camiseta turquesa oscuro un tanto holgada, unos pantalones cortos de color negro, una chaqueta del mismo color y unas zapatillas que me regaló mi madre antes de venirme aquí a vivir. Una vez vestida, me acerqué con cuidado al escritorio y, tomando mis gafas y limpiando un poco los cristales de esta, me las puse.
     Ya casi estaba lista, solo me faltaba peinarme y tomar la mochila y algo de dinero. Por lo que me había contado George, los libros me los darían en el instituto, algo que agradecí, ya que lo último que quería era tener que pedirle que me los costeara. Al ser menor de edad, no podía tener cuenta bancaria propia y los pocos ahorros que tenía no me servirían ni para comprar un mísero libro. Suspiré pesadamente al pensar esto último mientras me dirigía hacia el baño sin hacer demasiado ruido. Supongo que los ahorros los gastaría en comprar los bocadillos de cada día en la cafetería. Prefería tomar el desayuno en el instituto, ya que por las mañanas, acabada de levantar, no sentía demasiada hambre.
     Tras peinar mi cabellera color negro azabache, salí cautelosamente del baño, pero extrañamente la puerta de la habitación de mi padre se encontraba entreabierta. Me acerqué silenciosamente y asomé la cabeza. El dormitorio no era tan grande como pensé que sería, era prácticamente igual que el mío, excepto por algunas excepciones como la decoración, la cama doble, la cual solo estaba desecha por un lado, o el leve desorden de folios en su escritorio, además de que encima de este había un pizarrón de corcho con aún más papeles esparcidos por él.
     Observé una última vez el interior de aquel lugar con detenimiento y momentos después, dejé de curiosear y tomé la mochila de mi habitación, bajando por las escaleras hasta la planta baja, percatándome de que, la luz de la cocina, se hallaba encendida. El ruido de unos platos se escuchaba mientras me adentraba en la estancia un tanto nerviosa. Desde siempre había estado acostumbrada a levantarme y encontrar a mi madre esperándome en la mesa para comenzar a desayunar mientras Leo, mi padrastro, ponía el lavavajillas y lo ordenaba un poquito todo. Se me hacía un tanto extraño encontrar a otro hombre que no era Leo fregando los platos en una cocina casi reluciente, en una casa poco conocida para mí, pero seguro que con el tiempo acabaría acostumbrándome.
     Me descolgué la mochila del hombro, posicionándola en una de las sillas y haciendo un poco de ruido sin darme cuenta. George, instintivamente echó un vistazo hacia atrás, encontrándose conmigo y una sonrisa le adornó el rostro. Terminó rápidamente con lo que estaba haciendo y se dirigió a la mesa con el desayuno en las manos mientras me sentaba.
     —Buenos días Sophie. ¿Preparada para el primer día de clase? —su voz se alzó con suavidad sobre la silenciosa sala y observé cómo colocaba uno de los platos con varias tortitas en él y un café frente a mí. He de admitir que tenía una pinta estupenda.
     —Buenos días —le devolví la sonrisa algo forzosamente. Por las mañanas me costaba mucho mostrar otro gesto que no fuese de cansancio— Supongo que... sí.
     Se le ensanchó un poco más la sonrisa al notar que me encontraba un tanto inquieta, averiguando que, en realidad, no estaba preparada para ir de nuevo al instituto. Nunca se me había dado bien el socializar con las personas. Era inevitable que estuviese nerviosa por tener que ir a un lugar donde no conocía a nadie.
     —No debes preocuparte por nada. Lo único que tienes que hacer es ser tú misma. Es cierto que habrá personas a las que no les caigas bien, ya que no les puedes gustar a todo el mundo... Pero recuerda que también habrá personas a las que sí les agrades y que te recibirán con una sonrisa —lo quedé mirando mientras decía todo aquello y observé cómo su mano se acercaba hasta posarse en mi cabeza, acariciándomela en un gesto de afecto— Harás muchos amigos, estoy seguro de ello.
     Al escucharlo, noté cómo el nerviosismo que sentía hacía apenas unos segundos se iba desvaneciendo poco a poco y cómo algo cálido se comenzaba a adueñar de mi pecho. Aquellas palabras me habían reconfortado mucho, haciendo que una leve sonrisa se alojara en mi rostro.
     —Sí —me limité a contestar. Eso sería lo último que diría en el desayuno.


*     *     *

     Bajé del coche tras despedirme de George. Este me había explicado que tendría que tomar el autobús a partir de mañana, ya que tenía que madrugar más para ir a trabajar y no podría llevarme. Hoy había sido la excepción para así poder indicarme por qué camino tomar si perdía el autobús o si este tardaba demasiado en llegar, algo que agradecí, ya que seguramente lo perdería más de una vez. Por otra parte, en el viaje me había contado que trabajaba de empresario jefe en la ciudad vecina, es por ello que la mayor parte del tiempo estaría fuera y lo más probable sería que llegara tarde a casa.
     Escuché cómo el vehículo se alejaba y alcé la vista un momento, observando con detenimiento el edificio que se alzaba frente a mí. Se notaba que era la construcción más antigua de la ciudad, sin embargo, estaba muy bien conservada. El patio que la rodeaba, era considerablemente amplio, con varios bancos a los alrededores y, como en toda aquella ciudad, el verde del césped, los árboles y los arbustos predominaban allí.
     El sonido de unas risillas hizo que girara el rostro hacia un lado. Un pequeño grupo de chicas estaban observándome sin demasiada discreción, soltando risas cada vez que una de ellas comentaba algo a las demás a medida que se iban acercando a la entrada del instituto. Era obvio que hablaban de mí, pero preferí ignorarlas y hacer caso omiso a lo que dijesen, comenzando a caminar hacia el interior del recinto y sintiendo cómo sus miradas se clavaban en mi nuca.
     Nada más entrar en el edificio, una señora se posicionó frente a mí con una sonrisa amable. Por un momento había llegado a pensar que había salido de la nada.
     —Buenos días señorita. Bienvenida al Instituto Sweet Amoris, eres la hija de George... Sophie, ¿no? —la miré un tanto sorprendida y cabeceé un poco, asintiendo. ¿Cómo sabía que era mi padre? ¿Y mi nombre?—. Tu padre nos hizo informar de que vendrías. Oh, cierto, no te preocupes. Al ser el pueblo tan pequeño, conocemos a casi todos los habitantes que residen en él. Bueno, siguiendo con lo que te iba a decir, deberás ir a la sala de delegados para terminar con los últimos trámites... —me indicó amablemente dónde se encontraba la mencionada sala y, seguidamente se dispuso a irse—. En fin, tengo mucho trabajo por hacer, espero que tengas una estancia agradable tanto en el instituto como en el pueblo.
     Tal y como había aparecido, desapareció de mi vista en tan solo un segundo. ¿Cómo podía caminar tan rápido aquella señora? Seguro que en sus días fue campeona de maratón o algo por el estilo. Me encogí de hombros, restándole importancia y, algo nerviosa, respiré profundamente para después dirigirme a la sala anteriomente señalada por aquella mujer y tocar la puerta.
     —Adelante —se escuchó a modo de respuesta y, tras abrir, me adentré en aquella sala encontrándome con un chico de mi edad organizando una pequeña montaña papeles. Se le veía bastante atareado—. Oh, tú debes de ser la nueva... —volvió a decir mientras alzaba el rostro y me dejaba vislumbrar dos orbes de color dorado, del mismo color que su cabellera—. Encantado de conocerte, soy Nathaniel, el delegado.
     —Yo soy Sophie, encantada igualmente —respondí un tanto nerviosa—. La directora me dijo que viniese para...
     —Ah, claro —me interrumpió, revisando unos papeles—. Lo único que faltan son el formulario y una foto tamaño carnet.
     Me descolgué la mochila un momento, dejándola encima de una de las sillas de la sala, y saqué el formulario junto con la foto, ambos unidos con un pequeño clip. Tras dárselo, me sonrió amablemente y me indicó cuál sería mi clase a partir de ahora. Me pareció un chico bastante simpático. Tomé mi mochila, dispuesta a irme ya a mi clase, cuando Nathaniel me detuvo un momento.
     —Se me olvidó darte esto... —abrió uno de los cajones del escritorio y de él sacó unas pequeñas llaves—. Las llaves de tu taquilla. Dentro de ella tienes los libros de cada asignatura y... bueno, puesto que vamos a la misma clase, te acompañaré, así justificaré tu retraso al profesor.
     —Claro, muchas gracias Nathaniel —le sonreí a modo de agradecimiento y tomé las llaves de entre sus manos.
     Salimos de la sala y, como era habitual en mí y mi torpeza, acabé chocando contra alguien. Podía verme ya en el piso, adolorida, pero en vez de aquello, noté cómo alguien me sujetó de la cintura y me atraía a él para que no cayese de bruces contra el suelo. Mis mejillas ardieron en ese momento.
     —¿Te has hecho daño? —preguntó mientras soltaba su agarre con suavidad, permitiéndome un poco de espacio.
     —S-sí... Quiero decir, no —me encontraba notablemente nerviosa. En ese instante hubiera preferido llevarme el golpe contra el suelo que mostrar aquel nerviosismo ante alguien—. Estoy... —nada más alzar el rostro, me quedé un tanto anonadada. Dos orbes de distinto color, una de color ámbar dorado y el otro de color verde esmeralda me observaban con algo de preocupación, pero no fueron sus ojos bicolores los que llamaron mi atención, sino su pelo color... plateado, aunque con las puntas ligeramente de color negro— Tú... eres el que estaba en la parada de autobús.
     —Me parece que te equivocas de persona, señorita —me sonrió cortésmente y seguidamente dirigió la mirada hacia un lado—. Buenos días Nathaniel.
     —Buenos días Lysandro —respondió el mencionado algo serio mientras cerraba con llave la sala de delegados.
     Fue en ese instante cuando el timbre sonó, indicándonos a todos que ya era hora de entrar a clases. En tan solo unos segundos, los pasillos se vieron inundados por una considerable multitud de alumnos, todos apresurados en tomar los libros de la asignatura correspondiente e ir directamente a clase. Cuando quise darme cuenta, el peliblanco había desaparecido de mi lado. ¿Es que en este instituto tenían la costumbre de desaparecer?
     —¿Vamos? —la voz de Nathaniel me sobresaltó un poco, pero finalmente asentí y lo seguí.
     Me mostró dónde se situaba mi taquilla y, tras coger los libros de la materia que nos tocaba, nos dirigimos en silencio hasta el aula. Solo me quedaba abrir aquella puerta y rezar para que el profesor no me obligara a presentarme ante toda la clase, aunque lo que me deparaba, sería aún peor.

2 comentarios:

  1. M enecanta chica, ¿Como consigues engarcharnos tanto con tus historias'??
    por cierto esta historia va sobre Castiel o sobre Lys ¿quien es como el chico principal?

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  2. ¿Quién será el principal, Castiel o Lysandro? :o por cierto, parece que en tus historias te gusta dejar a Nathaniel en la friendzone. XD

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