¡Bienvenid@s a mi nueva novela: "Amores prohibidos pero eternos"!
Tengo muchas cosas en mente con respecto a esta historia, además de que estoy empezando a pensar que podría hacer un libro con ella. Pero para ello tengo que cambiarle los nombres a los personajes, así que esta será la versión de CDM (con los nombres de los personajes del juego), y en el libro vendría otra versión idéntica pero cambiando todos los personajes que fuesen inventados por ChiNoMiko, la creadora del juego.

En fin, sin más dilación ni más cavilaciones sobre el futuro de esta novela, os dejo con los capítulos.
¡Espero que disfrutéis leyendo!

PD: Se evitará en todo lo posible el decir el nombre de la protagonista, para que así podáis sentiros como si fueseis ella y sumergiros en la historia.

martes, 13 de diciembre de 2016

Capítulo 17

     Carole terminó de explicarnos la actividad que llevaríamos a cabo una vez saliésemos de la cabaña. Debíamos conseguir las mejores fotos que pudiésemos sacar del entorno natural de aquel lugar, haciendo todas las que creyésemos conveniente. Luego, de entre ellas, seleccionar las 3 mejores que nos pareciera y, tras ponerles un título a cada una, entregárselas a ella o a Mark. Según Carole, esta actividad desarrollaría nuestra creatividad, nos mostraría el mundo de la fotografía y además, nos ayudaría a tener un bonito recuerdo de nuestra estancia allí.
     A casi todos les gustó la idea, pero seguía habiendo algunas personas a las que les seguía sin entusiasmar demasiado, es por ello que Mark decidió intervenir.
     —Bueno, queríamos mantener esto en secreto hasta que todos nos entregaseis las fotos seleccionadas, pero viendo que seguís algo droguis, os animaré un poco —hizo una breve pausa y una leve sonrisa se le dibujó en el rostro—. Las 5 mejores fotos recibirán un pequeño premio a elección de los afortunados. Esperamos que así se os despierte la vena competitiva, además de la curiosidad por saber qué premios hay disponibles —se acercó a la puerta de la entrada y tomó el pomo para seguidamente abrirla—. Podéis usar todo el día de hoy para tomar fotos, pero os recuerdo que el toque de queda es a las 9 de la noche. Os quiero a todos dentro de la cabaña una vez llegue esa hora. Sin nada más que decir, espero que os divirtáis. Mucha suerte a todos.


*     *     *

     Tras salir de la cabaña, la multitud de alumnos comenzó a dispersarse y a organizarse en grupos pequeños casi inmediatamente. Pronto, nuestro grupo quedó reducido a 5 personas. Lysandro, Akora, Castiel, Nathaniel y yo. Los dos primeros iban algo a su rollo mientras que el pelirrojo y el rubio mantenían una disputa de miradas gélidas.
     Sabía que ambos se llevaban como el perro y el gato, pero ya me había comprometido a ir con Nathaniel y lo último que quería en ese momento era quedar mal con él. Después de todo, había estado ayudándome con los estudios estas últimas semanas. Se lo debía.
     —Parecéis niños de 4 años —dijo Akora tras echar un vistazo hacia atrás—. ¿No veis que la estáis incomodando?
     Nada más decir eso último, agaché algo la cabeza mientras que los mencionados me echaban un vistazo rápido.
     —Bueno, pues si no os importa, os robo a vuestra amiga un rato —mientras el delegado decía esto, tomó de mi mano con total confianza y tiró levemente de mí, comenzando a caminar—. Os la devolveré después de terminar de echar las fotos. Volverá ilesa, os lo prometo —tras decir esto último con una sonrisa, siguió hacia delante sin escuchar respuesta alguna de los demás.
     Eché un vistazo hacia atrás y me despedí de ellos con la mano, sin embargo, comparado con la sonrisa de Akora y Lysandro, la mirada que nos echó Castiel fue fulminante y me obligó a apartar la mirada.

     —¿Sabes? Deberías dejar de comportarte así. Son amigos, y el delegado ha estado más avispado que tú al preguntarle si llevaba cámara.
     —¿Y qué? —refunfuñó molesto el pelirrojo.
     —No te hagas el tonto —insistió Akora—. Se notan los celos desde lejos.
     —¿Celos? —rio sarcástico—. ¿Del delegaducho ese? No me hagas reír. Además, ¿quién ha dicho que yo quisiese hacer esta estúpida actividad con esa enana? —Akora alzó una de sus cejas mientras una sonrisa se le dibujaba en la cara.
     —Qué agresivo estás. ¿Seguro que no estás celoso? Yo creo que sí —siguió pinchando la pelirroja.
     Lysandro se mantuvo en silencio mientras que ambos discutían, limitándose a caminar y observar a su alrededor. Todo aquello le parecía un tanto extraño. Pensaba que tras decirle aquello a Akora, algo cambiaría, pero seguía comportándose igual que siempre. El alivio al contárselo fue tal que llegó a bajar la guardia por un momento, pero ahora que volvía a la realidad, aquello le decepcionaba en cierto sentido, y no sabía del todo por qué.
     Mientras estos pensamientos cruzaban su mente, echó instintivamente un vistazo hacia la pelirroja y esta, al encontrarse con sus ojos, desvió la mirada rápidamente. Los dos se mantuvieron en silencio por unos breves segundos.
     Castiel alzó una ceja tras contemplar aquello y, alternando la mirada entre ambos sujetos, dejó de caminar soltando un suspiro.
     —Será mejor que os deje solos —dijo sin más, dándose media vuelta y comenzando a caminar para el lado contrario—. Nos vemos al anochecer.
     “Lo siento”, escuchó que le decía su amigo en voz baja. Ya se lo compensaría en otro momento.


*     *     *

     El resto de la tarde transcurrió casi con normalidad. Casi.
     El estar junto a Nathaniel fuera del ámbito de estudios me resultaba algo extraño, pero eso no significaba que fuese algo negativo, claro. Descubrir nuevas cualidades y facetas de las personas que me importaban me resultaba bastante divertido, pues nunca se puede llegar a conocer a alguien por completo. Además, he de confesar que en ese aspecto puedo llegar a ser bastante curiosa, siempre y cuando no llegase a incomodar a nadie, por supuesto.
     —Sophie. Corre ven —dijo en voz baja el rubio, haciéndome un gesto con la mano para que me acercase.
     —¿Qué pasa? ¿Por qué hablas tan bajo? —le pregunté con el mismo tono de voz, acercándome a él.
     —Mira —señaló—. ¿Ves lo que hay en esa rama? —dirigí la mirada hacia donde decía.
     —¡Es una ardilla! ¡Vamos, corre! ¡Saca la cámara!
     Nathaniel no pudo evitar sonreír al notar mi entusiasmo e hizo lo que le indiqué. Sacó la cámara, se acercó un poco más sin hacer ruido y le maximizó el zoom para echarle la foto más de cerca.
     Nada más echarle la foto, me acerqué al chico para ver la imagen y sin querer pisé una pequeña ramita. La ardilla al escucharlo, trepó el árbol lo más rápido que pudo y se metió en un pequeño agujero, perdiéndose de nuestra vista.
     —Huy. Vaya, qué lástima… Al menos espero que haya salido la foto bien.
     —No creo que debas preocuparte por eso —ensanchó la sonrisa y me acercó la cámara, enseñándome la tierna imagen de la pequeña ardilla con el hocico levemente cubierto de nieve.
     Estaba tan enternecida con la imagen y tan entusiasmada que no pude evitar sonreír de oreja a oreja. Cuando se trata de animales, es casi imposible cambiarme el ánimo.
     A los pocos momentos alcé la mirada y me sorprendí al encontrarme con los ojos de Nath, quien me miraba con una sonrisilla en los labios. Me ruboricé un tanto avergonzada por mi actitud, notando un leve pero fuerte latido y me separé un tanto de él, pues hasta ese entonces no me había dado cuenta de nuestra cercanía.
     —B-bueno, es cierto que ha salido bastante bien… —murmuré desviando la mirada mientras me colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja—. Será mejor que continuemos.


*     *     *

     El silencio se cernía sobre nosotros mientras caminábamos buscando algo que fotografiar. Sentía las manos sudorosas a pesar del frío que hacía y el corazón me latía a cien del nerviosismo. Aun así, mantuve mi papel, consiguiendo que no se vislumbrara ni en mi gesto ni en mis acciones. De algo me tuvo que servir las breves clases de teatro que di de pequeña.
     En un momento dado, noté que Lys se detuvo. Mis nervios aumentaron. Me giré hacia él, pero antes de llegar a pronunciar palabra alguna, observé cómo el chico se llevaba el dedo índice a los labios, indicándome silencio. Acto seguido se acercó peligrosamente a mí, muy despacio.
     Aquello fue la gota que colmó el vaso. No pude evitar que mi rostro enrojeciera por completo.
     Su mano se acercó a mí, y cuando pensé que iba a hacer algún movimiento, tomó la cámara de mi bolsillo.
     Me quedé estática en el sitio mientras que el albino se arrodillaba en completo silencio para después escucharse el “clic” de la cámara, indicando que había echado una foto.
     Hasta que en su gesto no llegó a dibujársele una sonrisa y hasta que no se hubo acercado de nuevo lo suficiente a mí, no noté que me tendía la cámara para enseñarme la fotografía.
     Un pequeño conejo del color de la nieve se encontraba masticando una pequeña ramita muy tranquilamente, aprovechando su tono de piel para camuflarse entre el entorno.
     La imagen del pequeño conejito que me había regalado mi madre hacía poco se cruzó por mi mente al observar aquella imagen.
     —Señor Guillermo… —musité absorta en mis pensamientos.
     —¿Señor Guillermo? —preguntó el chico con curiosidad, sacándome del trance al instante. Mi vista se alzó hacia él y me mantuve unos segundos observándole, procesando la información.
     —Eh… ¡Ah! Em… Señor Guillermo es el nombre de mi mascota —expliqué—. Es un pequeño conejo blanco, como este. Pensé que ya te lo había comentado antes, pero supongo que no por ese gesto —añadí esto último al ver la confusión retratado en su rostro—. Me lo regaló mi madre hace poco —sonreí.
     —Ya veo… —me devolvió la sonrisa—. Me encantaría verlo algún día. Los conejos son animales realmente encantadores —sus ojos se mantuvieron fijos a los míos por unos segundos, aunque esta vez, no pude apartar la mirada—, …son simplemente hermosos.
     El silencio volvió a reinar en aquella estancia cubierta de nieve. El conejo había desaparecido entre los arbustos, sin embargo, nosotros aún seguíamos allí, estáticos. El miedo recorría nuestra sangre. El miedo de romper aquella armonía que se había creado de un momento a otro al cruzar nuestras miradas.
     Sus ojos me observaban como si fuese la única en este mundo, como si todo lo demás no importase. Como si yo fuese la primera en cruzar su mente cada mañana al despertar y cada noche al acostarse. Ahora entendía aquella frase que decía que “los ojos son las puertas del alma”, y ese alma, a pesar de no ser totalmente como el de los demás, se mostraba fría y solitaria, implorando a gritos otra más que la comprendiese y la encandilara con la calidez que necesitaba.
     Mis mejillas cobraron un leve tono rojizo al pensar todo aquello, pues no sabía si era realmente aquello lo que me quería transmitir con aquella mirada, o simplemente eran imaginaciones mías y por el contrario era el reflejo de mi propio pensamiento.
     Mi corazón volvió a latir con fuerza, haciéndose notar, y aún más al notar sus manos gélidas sobre mis mejillas y su proximidad. Su frente se apoyó sobre la mía, y por impulso, acabé cerrando los ojos. Su aroma comenzaba a embriagarme. Nunca me había dado cuenta de lo bien que olía su fragancia…, tal vez porque pocas veces he podido estar tan cerca de él como ahora.


*     *     *

     En la lejanía, un lobo gruñó sin poder evitarlo. Enojado, disgustado y de alguna u otra forma, dolido por observar aquella escena.
     —¿Cabreado? —se dio la vuelta, alertado al escuchar aquello, pero se tranquilizó un poco al descubrir de quién se trataba. Volvió la vista de nuevo, pero la pareja compuesta por el rubio y la chica de cabellos azabaches ya se había marchado—. Sé que tu amigo el colmillos se lo ha dicho a su “amiguita” —aquello volvió a petrificarlo de nuevo, pero intentó mantener la compostura.
     La chica peliazul sonrió burlesca, a sabiendas que a pesar de que no la estaba observando, sabía que lo estaba haciendo. Esta comenzó a caminar y de un momento a otro sus huellas, su rostro, su cuerpo… se transformaron.
     —Parece que ahora controlas mejor tu transformación —cambió de tema adrede—, aunque parece que sigues dependiendo bastante de tu humor —el pelirrojo la observó de reojo con desdén.
     Esta se paseó delante de él, ya transformada en lobo, y con su cola acarició el hocico de él a su paso, coqueta.
     —Vamos Castiel, no me guardes rencor —dijo melosa—. Además, te recuerdo que te avisé que acabarías mal si empezábamos todo eso, aunque… ¿recuerdas lo bien que nos lo pasábamos juntos? —el mencionado volvió a gruñir—. Era una relación deliciosa. Casi podría decir que la echo de menos… Lástima que todo se estropease en el momento en el que te enamoraste de mí.
     Nada más decir aquella última frase, un gran rugido se escuchó, y nada más unos instantes después, un aullido lastimero.
     Castiel se había abalanzado sobre la loba y la había agarrado por el cuello con sus mandíbulas. La sangre comenzó a brotar lentamente, manchándolos a ambos. Comenzó a notar aquel sabor metálico en su boca.
     Tras unos breves momentos escuchando cómo la chica se lamentaba entre lloriqueos, adolorida, hizo fuerza y la lanzó contra el suelo.
     —No te creas que por ser una chica voy a ser más cuidadoso contigo —articuló aún con el hocico y la boca ensangrentada—. Más te vale dejar de jugar conmigo Ashley. Sabes que puedes salir aún más mal parada que ahora —la mencionada rio entre bocanadas de aire y quejidos.
     —Y por eso eras el más indicado para ser el próximo líder de la manada… Sin embargo decidiste jugar con el “colmillitos” y los estúpidos humanos a ser alguien “normal”, cuando lo único que eres es una maldita bestia sin escrúpulos e instintos asesinos —bramó—. Antes de siquiera conseguir que esa chica se enamore de ti, la matarás —poco a poco comenzó a ponerse en pie como pudo, con las patas temblorosas—, porque, ¿qué crees que sucederá si te llegas a cabrear verdaderamente con ella? ¿Realmente crees que podrás controlarte? —rio una vez más—. Me encantaría verlo.
     Y sin nada más que decir, sin ningún arma más que utilizar contra él para derrumbarlo del todo, le dio la espalda y se esfumó de allí lo más rápido que pudo.





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