¡Bienvenid@s a mi nueva novela: "Amores prohibidos pero eternos"!
Tengo muchas cosas en mente con respecto a esta historia, además de que estoy empezando a pensar que podría hacer un libro con ella. Pero para ello tengo que cambiarle los nombres a los personajes, así que esta será la versión de CDM (con los nombres de los personajes del juego), y en el libro vendría otra versión idéntica pero cambiando todos los personajes que fuesen inventados por ChiNoMiko, la creadora del juego.

En fin, sin más dilación ni más cavilaciones sobre el futuro de esta novela, os dejo con los capítulos.
¡Espero que disfrutéis leyendo!

PD: Se evitará en todo lo posible el decir el nombre de la protagonista, para que así podáis sentiros como si fueseis ella y sumergiros en la historia.

domingo, 23 de abril de 2017

Capítulo 20

     —¿¡Que te dijo qué!? —me apresuré a taparle la boca a la pelirroja, sintiendo el rostro arder de la vergüenza. El silencio se instauró en la sala mientras las miradas se fijaban en nosotras
     —¿Tenéis algo interesante que queráis contarnos, señoritas? —la voz de Mark sonó un tanto tajante—. Tal vez si escuchamos primero lo que tenéis que decir, podremos seguir adelante con las actividades de hoy, ¿no?
     Ambas nos encogimos un tanto intimidadas, tanto por el tono con que lo decía como por todas las miradas que nos echaron. Optamos por no contestar a aquello. Segundos más tarde, volvió a seguir explicando, intentando quitarle importancia a aquella brusca interrupción.
     —Bueno, continuando con lo que decía, el día de hoy lo emplearemos para explicaros un poco por encima sobre el esquí, los obstáculos con los que debéis tener cuidado, las posibles lesiones que os pueden ocasionar si no hacéis el calentamiento adecuado y, obviamente, os impartiremos algunas clases prácticas para que podáis manejaros más o menos por encima. Ya veréis que a lo largo del día, se os irá haciendo más fácil el manejar los esquís…
     —Entonces, ¿qué le dijiste? —me preguntó Akora en voz baja.
     —¿Eh? —fijé la mirada en ella un tanto desconcertada.
     —El delegado, Nathaniel, lo que me acabas de contar —dijo intentando reintroducirme en la conversación—. ¿Le contestaste o no?
     —Pues… —desvié la mirada un tanto abochornada sin poder evitarlo y solté un suave suspiro—. La verdad es que no supe qué decirle, así que me dijo que no hacía falta que le contestase en ese momento —sentía la mirada de Akora clavada en mí, completamente atenta a lo que decía—. Pero al final le dije que le intentaría contestar en cuanto pudiese para no dejarlo con la incógnita. Además, tengo que reflexionarlo bien, después de todo se ha portado muy bien conmigo desde que llegué y no sería muy considerado rechazarlo sin siquiera meditarlo un poco.
     —Entonces, ¿tenías pensado rechazarle?
     —¿Eh? ¡No! No es eso.
     —¿Vas a decirle que sí entonces?
     —¡Akora! —me giré hacia ella con el ceño un tanto fruncido y las mejillas completamente coloradas. Por el contrario, ella me mostró una sonrisa de oreja a oreja.
     —Perdón, perdón… Pero me alegra saber que estás pensando sobre ello seriamente y no como algo sin importancia. Eso quiere decir que no eres como Ámber —no pude evitar dejar escapar una pequeña risa—. Eso sí, ten en cuenta que te ha invitado a salir nada más. Podríais hacer una pequeña prueba y ya si todo va bien… pues seguir adelante. Aunque claro, eso también depende de lo que sientas.
     Fruncí un tanto los labios al escuchar eso último, mirando a la nada.
     ¿Y si no sabía exactamente lo que sentía? Es decir, ¿veía a Nath como algo más o no? Y dependiendo de eso, ¿debía intentarlo… o no?
     Cerré un momento los ojos, intentando tranquilizar mis pensamientos y fue entonces cuando la voz de Nath resonó en mi cabeza: “Sé que nos conocemos desde hace relativamente poco, pero realmente me gustaría intentar conocerte mejor…”. No me había pedido ser algo más, o al menos no todavía. Simplemente me había dicho que le gustaría invitarme a salir, es decir, tener... una cita.
     El corazón me dio un pequeño salto y lo sentí latir con fuerza, no sé si por los nervios, por lo que sentía o porque aquello, a pesar de la respuesta que diese, me alegraba. Simplemente no quise dar un no por respuesta así de primeras.
     Quería intentarlo.
     Mis labios se curvaron muy levemente, formando una pequeña sonrisa y seguidamente dejé que el paisaje volviese a iluminar mis ojos al abrirlos, sin embargo, en vez de eso, acabé encontrándome con la plomiza mirada y atenta de aquel pelirrojo que horas antes me había llevado a mi habitación sin yo enterarme, pues tras lo sucedido anoche, había terminado por quedarme dormida en sus brazos.
     La decisión que había tomado no tardó en cristalizarse y agrietarse al tomar consciencia de él. Mi corazón volvió a palpitar, esta vez vacilante, y el nerviosismo volvió a sumirme en la indecisión. Mientras, él comenzó a acercarse, esquivando a la marabunta que ya comenzaba a dispersarse. Por lo visto, Mark había terminado de hablar.
     Akora mientras tanto me miraba fijamente. Había hecho tantos gestos en el breve tiempo de reflexión que la chica se quedó un tanto trastocada al no saber qué se me estaba pasando por la cabeza. Sin embargo, cuando abrí los ojos y vio aquel gesto en mi cara al ver al pelirrojo, supo intuir lo que ocurría sin siquiera decírselo.
     —Hey enana, ¿qué te pasa? ¿Es que te has quedado hipnotizada al verme o qué? —se mofó el pelirrojo con aquella sonrisa de lado que tanto le caracterizaba. Acto seguido miró hacia Akora y luego a ambos lados—. ¿Y Lysandro?
     —¿Eh? —la chica hizo el mismo gesto y al instante respondió—. Hace un momento estaba aquí…
     —¡Hey! —la voz de Mark captó nuestra atención. No muy lejos se podía ver al gentío caminando en dirección hacia el teleférico, entre ellos estaba Lysandro, quien caminaba al lado del delegado manteniendo una pequeña conversación—. No os quedéis atrás, ¡vamos!
     Los tres nos miramos momentáneamente para después comenzar a caminar y volver a reincorporarnos al grupo.

*     *     *

     El ruido de ambiente de la carretera, el leve olor a gasolina y el sonido momentáneo del intermitente cada vez que tenía que cambiar de carril para adelantar. Sus manos se ceñían firmemente al volante, mirando a la carretera aparentemente concentrado mientras su cabeza cavilaba distraída.
     Centró un momento la mirada en una de las señales de la autopista. Todavía quedaban varios kilómetros para llegar a su destino, aproximadamente una media hora más o menos.
     Su cuerpo se mantenía en tensión. Después de todo aquel tiempo sin pasarse por allí, ¿qué diría? ¿Qué excusa pondría? Y, ¿sería tan convincente como para convencerlos? Presionó un momento los labios y, casi al instante después, sintió cómo un escalofrío le recorría todo el cuerpo. Algo iba mal.
     Su mirada volvió a desviarse, esta vez hacia el espejo retrovisor interior del coche. Lo que vio a continuación le impresionó de tal manera que acabó pisando el freno de golpe a la vez que daba un brusco volantazo. El coche dio varios giros hasta finalmente impactar con la barrera del lado derecho de la carretera, provocando que el airbag saltase instantáneamente y amortiguase el golpe.
     Momentos después de aquello, el conductor volvió a reaccionar un tanto aturdido y mareado. Acercó una de sus manos a un lado de la cabeza, justo donde sentía una pequeña punzada y al retirarla vio cómo la sangre la había manchado levemente. No era una herida demasiado grave, aunque aquello no era lo que le preocupaba en ese preciso momento.
     Echó un vistazo por el retrovisor hacia el asiento trasero y se encontró con la sonriente mirada de aquel hombre, mostrando los colmillos alegremente.
     Soltó un suspiro de exasperación.
     —Mike… Eres imbécil —el mencionado transformó su alegre sonrisa en una burlesca.
     —Oh, vamos. ¿Te has asustado?
     —¡Casi nos matamos idiota! —exclamó.
     —Casi te matas tú, mejor dicho —ladeó la cabeza un tanto y al verlo sangrar lo miró con un atisbo de preocupación—. ¿Estás bien?
     —Acabo de tener un accidente por tu culpa, porque has aparecido de repente. Obviamente estoy a la perfección, gracias por preguntar —nada más decir aquello, hizo un pequeño gesto de dolor y se removió en el asiento hasta finalmente quitarse el cinturón. Luego, apoyó la cabeza en el reposacabezas del asiento y echó un vistazo hacia la carretera. Por suerte, en el momento del accidente no había habido ningún coche cerca circulando con el que poder chocar, por lo que toda aquella situación había acabado simplemente en eso, en un susto—. ¿Puedes explicarme cómo has hecho para entrar en un coche en marcha que iba a 120 kilómetros por hora?
     —110 en realidad —señaló—, y soy un vampiro, ¿recuerdas?
     —Como si eso justificase todo lo que haces… —suspiró.
     —Un mago nunca revela sus trucos, si no, ¿qué gracia tendrían? —volvió a sonreír.
     —Bueno, ¿vas a explicarme ya qué haces aquí o has venido simplemente para provocar el accidente?
     Mike no contestó. Simplemente mantuvo aquella sonrisa en sus labios. ¿Realmente había venido con esa intención?
     —Que conste que no he venido para matarte —aclaró. Su sonrisa se desvaneció poco después—. Sabemos lo que estás haciendo John —aquello le heló la sangre—, sin embargo, no tenemos pensado informar a tus superiores. Al menos, no aún. No queremos inmiscuirnos donde no debemos, pero seguimos opinando que las medidas que usasteis en vuestro clan con aquel hombre fue… inadecuada. A mi criterio, una aberración. Es por ello que se podría decir que estamos de tu parte y te apoyamos —se inclinó levemente hacia delante y posó su mano helada sobre el hombro de John—. Es por eso que estoy aquí. No podemos permitir que vuelvas a tu clan, o al menos no por ahora, y… ¿qué mejor excusa que un accidente para poder justificar tu ausencia? —el vampiro sonrió y apretó con fuerza su hombro, provocando que aquel hombre gritara de dolor—. Está dislocado por cierto. La ambulancia está de camino. He llamado antes de venir, así que estarán aquí en unos… 20 minutos más o menos, así que mientras tanto, relájate.
     —Ahora mismo no sé si darte una paliza o darte las gracias.
     —¿Una paliza? ¿Tú? ¿En el estado en el que estás? —Mike soltó una buena carcajada antes de decir lo siguiente—. Sueñas. Ni aunque estuvieras en perfectas condiciones podrías conmigo, lobito. Así que tendrás que conformarte con darme las gracias —hizo una breve pausa y comenzó a levantarse del asiento—. En fin John, ha sido un placer volver a verte solo para ayudarte a tener este maravilloso accidente —rio—. Es una lástima tener que despedirme de esta manera, además de que me encantaría quedarme para escuchar cómo harás para explicarle a aquella chica lo que ocurrió en realidad, pero bueno, tendré que ser paciente. Me traeré palomitas la próxima vez —tras abrir la puerta del coche, salió y volvió a cerrarla. Sus ojos se fijaron en las abolladuras del coche por un momento para después desviar la mirada hacia John. Sonrió—. Cuida bien de ella.
     —No hace falta que lo digas, ya lo hago —nada más terminar de decir aquello, observó cómo de un momento a otro aquel vampiro había desaparecido de la escena en un abrir y cerrar de ojos—. Hijo de puta…

*     *     *

     Al cabo de unos 15 o 20 minutos más o menos llegamos al teleférico. Al parecer no estaba tan cerca como parecía desde la cabaña donde nos hospedábamos, además de que la estación de esquí a penas se podía ver desde allí a causa de los árboles, los cuales cubrían todo el paraje, exceptuando claro está a las pistas de esquí, donde se había reducido un tanto la cantidad para poder evitar accidentes y poder esquiar libremente.
     Mike no tardó en explicarnos un poco cómo estaba distribuido el lugar. La estación de esquí estaba dividida en la parte interna y en la externa. En la externa estaba el establecimiento de alquiler de esquís y protecciones que nos harían falta. Esta parte estaba conectada con la parte interior por una puerta, así el personal podía entrar y salir de cada parte cada vez que hiciera falta. Finalmente, la parte interna era una inmensa cafetería. Vendían bocadillos, empanadas, dulces, chocolate caliente, café y refrescos. Solo servían desayuno y merienda, para abreviar.
     Tras mostrarnos un poco el lugar, volvimos a salir al exterior y Mark y Carole se dirigieron al lugar de alquiler de esquís y comenzaron a darle algunas indicaciones a los empleados que se encontraban allí.
     Cinco minutos más tarde, cada uno de nosotros ya tenía unos esquís en sus manos y las protecciones puestas en su lugar. Mark nos indicó que nos pusiésemos los esquís para practicar un poco el equilibrio antes de aventurarnos a lanzarnos por aquellas inmensas pistas. Me estaba dando dolor de cabeza de tan solo pensarlo.
     Tras varias explicaciones más y comprobar que manteníamos el equilibrio, nos indicó que nos los quitásemos. Esta vez, nos dirigimos al teleférico y, con el permiso de los monitores, aquellas personas que ya sabían esquiar, se montaron en este para comenzar a probar las pistas. Mientras, a los demás nos tocó caminar un poco para llegar a la pista de principiantes, la cual no tenía demasiada inclinación y era perfecta para practicar.
     Los monitores, tras un rato después, decidieron dejarnos a nuestro aire y ayudar a aquellos que tenían mayor dificultad. Por mi parte, aún no me atrevía a bajar por la pista.
     —¡Hey enana! —la voz del pelirrojo captó mi atención y observé cómo se acercaba a mí con una sonrisa de lado—. ¿Aún no lo has intentado siquiera?
     —No es tan fácil como parece —me quejé—. Además, es la primera vez que cojo unos esquís… —balbuceé esto último.
     —Se ve que lo tuyo no son los deportes —dijo con burla y se situó a mi lado—. En fin, tendré que ayudar a una torpe en apuros.
     —Cómo me vas a ayudar si tú no sabes… —me interrumpí al verlo sonreír de oreja a oreja—. No puede ser. ¿Sabes esquiar?
     —Está chupado. Mis padres me enseñaron de pequeño. Es como montar en bici. Una vez que aprendes, no se te olvida.
     Me quedé mirándolo un momento, sin poder creérmelo todavía. Por otra parte, esta era la primera vez que mencionaba a sus padres, al menos delante de mí, es por ello que la situación se me hizo algo más extraña aún.
     —Bueno, ¿quieres que te ayude o no? —asentí levemente con la cabeza y el chico comenzó a darme indicaciones—. Primero, ¿te quedan bien las botas?
     —Ehm… —desvié la mirada hacia las botas y moví un poco los pies. Me quedaban un tanto grandes—, me quedan…
     —…Grandes. Se ve a simple vista. Ven anda.
     Volvimos a la sección de alquiler y devolvimos las botas para que nos dieran unas con una talla inferior. Al probármelas, comprobé que no me bailasen y, efectivamente, me quedaban bien.
     Después, volvimos a la pista y el pelirrojo me dijo que me pusiera los esquís. Me indicó que pusiera estos de forma perpendicular a la pendiente y tratara de aguantar un momento el equilibrio con los bastones.
     A continuación, me indicó cómo debía posicionarme, qué tenía que hacer si me caía entre otras cosas, pero lo que realmente me tranquilizó fue cuando me dijo que no tuviese miedo, que él estaría a mi lado si ocurría algo.
     Al cabo de un buen rato, comencé a practicar por aquella pista, pero a cada intento le sucedía una nueva caída. Castiel, a pesar de sus risas, me ayudó a levantarme cada vez que ocurría algo parecido y me devolvía los ánimos para volver a intentarlo. Aquella imagen del pelirrojo se me quedó grabada en mi mente y, a cada minuto que pasaba con él, más sentía que el corazón me latía con más y más fuerza.
     Tras intentarlo una última vez, me sorprendí al poder manejar los esquís y al frenar sin caerme en ningún tramo. Lo había conseguido, ¡realmente lo había conseguido! No pude sentirme más satisfecha conmigo misma, pero sobre todo, no pude evitar que, al acercarse el pelirrojo con aquella sonrisa en su rostro, le diese un efusivo abrazo de agradecimiento.
     Desde pequeña había querido aprender a esquiar, y tras esta experiencia, estaba claro que quería volver a repetirlo. Era una verdadera lástima que al día siguiente ya se acabase la excursión, pero sería egoísta pedir que se alargase aún más.
     Fue entonces cuando abrí los ojos y me encontré con la mirada fija y dolida de Nathaniel. “Después de la excursión, me encantaría poder invitarte a salir”.
     Me separé instantáneamente del pelirrojo y observé cómo el delegado volvía sobre sus pasos hacia el interior de la estación de esquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario