¡Bienvenid@s a mi nueva novela: "Amores prohibidos pero eternos"!
Tengo muchas cosas en mente con respecto a esta historia, además de que estoy empezando a pensar que podría hacer un libro con ella. Pero para ello tengo que cambiarle los nombres a los personajes, así que esta será la versión de CDM (con los nombres de los personajes del juego), y en el libro vendría otra versión idéntica pero cambiando todos los personajes que fuesen inventados por ChiNoMiko, la creadora del juego.

En fin, sin más dilación ni más cavilaciones sobre el futuro de esta novela, os dejo con los capítulos.
¡Espero que disfrutéis leyendo!

PD: Se evitará en todo lo posible el decir el nombre de la protagonista, para que así podáis sentiros como si fueseis ella y sumergiros en la historia.

sábado, 2 de junio de 2018

Capítulo 28

     —¿George Anderson? —repitió la recepcionista con tono dubitativo, tratando de recordar. Mi vista no pudo evitar fijarse en la tarjeta de identificación que llevaba enganchada al pecho: "Helen"—. Un momento, por favor. Voy a revisarlo en la base de datos... —la chica se volvió hacia el ordenador, tecleando rápidamente el nombre mencionado; sin embargo, antes de que pudiese proseguir con su búsqueda, su compañera la detuvo.
     —¿Ese hombre no era el que tuvo aquel accidente de tráfico hace unos días? —la mujer, aparentemente algo más mayor que la recepcionista que nos había atendido, trató de decirle aquello en voz baja a su compañera, intentando no perturbarnos, pero igualmente acabamos enterándonos de lo que decía. No pude evitar tensarme.
     —¡Ah, sí! ¡Ya lo recuerdo! —exclamó y volvió a dirigirse hacia nosotros. En estos momentos está descansando en la habitación 415 del cuarto piso.
     —Os recordamos que las visitas están permitidas de cuatro a seis de la tarde
—intervino su compañera de nuevo. "Rachel" podía leerse en su tarjeta identificativa.
     Alcé la vista un momento hacia el reloj que había colgado en la pared, tras las recepcionistas. Las manecillas marcaban las cuatro y siete minutos. Teníamos tiempo de sobra.
     —Entendido. Muchas gracias a las dos —les agradecí y seguidamente me giré, dirigiéndome esta vez hacia Nathaniel—. ¿Vamos? —ante mi pregunta, el chico de cabellos y ojos dorados asintió, volviendo a estrechar nuestras manos, tratando de transmitirme su apoyo.
     Tal vez estábamos exagerando un poco con la situación. Quizá no era para tanto todo aquello. Sin embargo, con todas las cosas que me habían sucedido en tan poco tiempo, no podía evitar sentirme agobiada y al límite de mis fuerzas. Por otra parte, Nathaniel seguramente seguía preocupado con respecto a lo que pasó durante el viaje de vuelta de la excursión. Me había visto derrumbarme en brazos de Akora y lo único que le había contado sobre todo lo que se me había acumulado, era únicamente lo de mi padre. Si yo estuviese en su situación, también estaría preocupada y desorientada.
     Nos dirigimos hasta el ascensor y, hasta que no desaparecimos tras sus puertas, la recepcionista llamada Rachel no pudo respirar tranquila. Al instante después, no dudó ni un momento en tomar velozmente el teléfono entre sus manos para realizar una urgente y rápida llamada. "Está aquí" fue lo único que musitó, aun así fueron palabras suficientes como para alertar a la persona al otro lado del teléfono y evitar un desastre mayor.

...

     Tras salir del ascensor, nos guiamos por los largos pasillos de aquel hospital, fijándonos en las señales que indicaban la ubicación de cada habitación según su numeración. Una vez que nuestros ojos localizaron la habitación 415, nos detuvimos frente a la puerta y, tras soltar un breve suspiro, me dispuse a abrirla, pero en aquel momento, esta se abrió sin previo aviso.
     —Ya nos veremos otro día. Espero que te recuperes pronto, George —un hombre salió de repente, sonriente y despidiéndose de forma burlesca, tropezando momentáneamente conmigo al no estar mirando hacia el frente—. Uy. Perdona pequeña. No te había visto —el hombre, de aspecto joven, cabellos azabaches y ojos de un inusual color violeta, me sonrió en forma de despedida y, sin decir nada más, se marchó a paso tranquilo y seguro.
     En aquel momento, desperté de mi despiste y me adentré en la habitación. Mi padre nos recibió con una sonrisa en su rostro, pero eso no evitó que la preocupación se adueñara de mí al verle con el brazo vendado en un cabestrillo y con lo que parecían cuatro puntos de sutura en el extremo de su ceja izquierda.
     No dudé ni un momento en prácticamente abalanzarme hacia él para abrazarlo con fuerza y soltarle un "no me des estos sustos, estúpido" . Mi padre tardó un tanto en reaccionar, tal vez porque no se esperaba aquella reacción de mi parte o porque le había pillado desprevenido, pero finalmente me estrechó con el brazo bueno, importándole bien poco que le estuviese presionando el brazo lesionado contra su propio pecho. Sin embargo, aquella muestra de afecto no duró mucho más.
     —Vaya, parece que has venido acompañada —comentó, recordándome que el delegado se encontraba presente en la sala, haciendo que acabase separándome de él, un tanto avergonzada—. Se ve que no tienes mal gusto con los chicos, Sophie. Menudo alivio le acabas de dar a tu padre.
     Nathaniel no pudo evitar reírse, tanto por la forma que había usado George para aligerar el ambiente como el hecho de que aquello había provocado que me enrojeciera un tanto y soltase un "¡Papá!" recriminatorio que no pude contener. Mi padre sonrió ante la situación.
     —Permita que me presente. Me llamo Nathaniel Rousseau, soy compañero de clase de su hija y...
     —Eres el delegado principal del instituto —le interrumpió—. Lo sé. Conozco a tu padre, aunque no sé si el tuyo me conocerá a mí, ya que no llegamos a coincidir realmente. Trabajé bastante tiempo en su empresa, y la verdad es que pagaba bastante bien... Fue una lástima que me despidiera.
     Desde el momento en el que había mencionado al padre del delegado, pude notar cómo el chico se tensaba, pero lo último que dijo mi padre lo descolocó por completo, haciendo que el pobre se encogiese apenado.
     —¡Papá! —volví a exclamar, sin poder creerme lo que acababa de decirle.
     —D-disculpe, y-yo...
     —¡Ah, no, no! ¡No te disculpes! —le interrumpió, con gesto de arrepentimiento tras haberse dado cuenta de que no debería de haber dicho aquello. Por un momento, pensé que respiraría tranquila, pero...—. No era mi intención incomodarte, chico. De hecho, aunque lo pasé bastante mal, ahora agradezco que me despidiese, pues de no ser así, no habría encontrado el trabajo en el que estoy ahora. La verdad es que estoy bastante cómodo en mi trabajo actual, prácticamente no puedo ni compararlo con el anterior —volvió a liarla.
     —George... —no pude evitar llevarme la mano a la cara, tapándome el rostro de la vergüenza—, no lo estás arreglando en absoluto.
     Nathaniel observó la situación como si no supiese cómo reaccionar, pero al final no pudo evitarlo más y acabó por desatarse en una prolongada carcajada que le fue imposible contener.
     Sinceramente, no podía haber una situación más surrealista.

*     *     *

     El timbre de la puerta de una casa resonó en aquel vecindario, mientras el chico de cabellos plateados esperaba frente a esta, intentando mantener la paciencia al ver que nadie abría.
     —Castiel, sé que estás ahí —alzó la voz repentinamente—. Tengo que hablar contigo un momento, ábreme —el silencio volvió a adueñarse del lugar durante unos segundos, pero finalmente, acabó por suspirar—. Es sobre Sophie...
     Un traqueteo se escuchó al otro lado de la puerta, hasta que esta terminó por proferir un pequeño chirrido, abriéndose lentamente y dejando entrever al pelirrojo, quien se veía notablemente desaliñado. Su gesto denotaba cansancio, como si se hubiese acabado de levantar hace a penas unos cinco minutos, pero aquello no es lo que sorprendió al chico de ojos heterocromáticos, sino el hecho de que su amigo se encontrase apoyado sobre una muleta. Unas vendas y una tobillera le cubría su pie izquierdo.
     —Entra y terminemos con esto de una vez —sin añadir nada más, se dio la vuelta y, con ayuda de la muleta, se dirigió hacia el sofá, donde no dudó en dejarse caer, recostándose sobre este mientras dejaba la muleta en el suelo. Tras esto, colocó el brazo sobre sus ojos, cubriéndose de la luz y, una vez que hubo respirado profundamente, dejó que un suspiro se escapase de entre sus labios.
     El albino se adentró en la casa, cerrando la puerta tras de sí, y se sentó en el sillón que había situado al lado del sofá en el que se hallaba recostado su amigo.
     —Sophie vio la transformación —soltó sin más, consiguiendo captar la atención del pelirrojo—, ¿lo sabías?
     El chico no supo cómo reaccionar. Por una parte, se lo había intuido desde un principio, ya que sabía que para atraer a Sophie hasta tan lejos de la cabaña, la chica había tenido que estar en su forma humana y, tras esto, transformarse. Aunque por otra, el pelirrojo no había querido aceptar la realidad..., hasta ese preciso momento.
     Lysandro acababa de confirmarle su mayor temor.
     —Sophie estaba asustada —continuó—. No sabía con quién hablar ni tan siquiera si alguien le creería, pero al final acabó por confiar en Akora y contarle lo que le había ocurrido con Ashley. La cosa es que Akora se quedó en blanco, sin saber qué contestarle, y Sophie acabó pensando que no la creía y se fue de su casa —el pelirrojo sintió cómo un nudo se le formaba en la garganta—. Castiel, su padre está hospitalizado. No ha venido a clases ni tampoco contesta a los mensajes de Akora desde anoche —el chico hizo una breve pausa—. Quería decirte todo esto ayer, pero cuando vine, no estabas en casa.
     —Supongo que ya intuyes dónde estuve con solo verme —contestó a duras penas con voz quebrada.
     Lysandro se mantuvo observándolo unos breves instantes y, al final, su seriedad acabó por desvanecerse poco a poco, permitiéndose destensar su cuerpo y relajar un tanto su espalda.
     —No te estoy diciendo todo esto para agobiarte ni mucho menos —se explicó—. Sigues siendo mi amigo después de todo y lo único que quiero es que, si realmente te gusta esa chica, trates de hacer algo por ella, porque distanciándote solo consigues haceros daño a los dos.
     —¿Y qué hago, Lys? ¿Qué quieres que haga? ¿Le digo que soy igual al monstruo que la atacó? ¿Crees que después de decírselo me siga esperando con los brazos abiertos como si no pasase nada? —Lys estuvo a punto de interrumpirle, pero este siguió lamentándose—. Sophie no es Akora, Lys. No hemos estado un año con ella ni hemos afianzado tanto nuestra relación como para que le dé igual si somos humanos o no, sobre todo después de descubrir de la peor manera posible que existen especies como nosotros.
     —Castiel, no te estoy diciendo que desveles tu secreto. Lo único que quiero es hacerte ver que hay maneras de darle tu apoyo sin tener que contarle nada que no quieras y sin tener que distanciarte de esta manera —suspiró—. Sophie lo está pasando mal. No sé exactamente los motivos, ya que Akora no me lo ha contado todo por respeto a ella y su privacidad, pero si no eres tú quien la apoya en este momento, ten por seguro que otro lo hará, tomando ventaja de ello, y creo que no es necesario decirte de quién estoy hablando —Lys observó cómo su amigo apretaba levemente el puño—. En vez de arrepentirte por no haber hecho nada, arrepiéntete después si al intentarlo no consigues lo que deseabas.

*     *     *

     Salimos del hospital una hora después aproximadamente, y tal y como prometí, tuve aquella cita con el delegado. Mis ánimos habían recobrado cierto color gracias a él y no había manera mejor para agradecérselo, pues estaba segura de que de no haber sido acompañada por Nath, las cosas habrían sido muchísimo más diferentes.
     El autobús no tardó en volver a dejarnos de nuevo en nuestra ciudad y, tras caminar un poco, llegamos a nuestro destino: el cine. Dudé un momento, pero finalmente, deslicé mi mano sobre la suya, tomándola con suavidad. El chico desvió la mirada hacia mí y, al verme un tanto avergonzada por mi propio gesto, sonrió, sonrojándose también un tanto. Su pulgar acarició el dorso de mi mano mientras nos adentrábamos al lugar.
     La película que el chico escogió fue una en la que una pareja de policías trataba de resolver un caso y, tras varias escenas de intercambio de balas, acababan atrapando a un criminal. Sin embargo, la mujer terminaba siendo hospitalizada al recibir un disparo durante el tiroteo. Finalmente, la película acababa con ella dejando el cuerpo de policía, aunque recuperándose al fin y al cabo y comenzando una relación próspera con su ex-compañero de trabajo.
     Puede que hubiesen habido varias situaciones clichés en la película, pero la escena del beso..., me puso los pelos de punta. No pude evitar sentir un cosquilleo en el corazón cuando, en aquel momento, Nathaniel deslizó sus dedos entre los míos, enlazando nuestras manos. Sin embargo, a pesar de aquello, no sucedió nada más. La película finalizó y salimos del cine poco después.

...

     —Gracias por acompañarme a casa —musité, como despidiéndome de él, pero mi mano se negó a despegarse de la suya.

     —Gracias a ti por este maravilloso día —me respondió con una sonrisa—, y por dejarme conocerte un poco más.
     En aquel momento, tal vez y solo tal vez, debí de haberle soltado la mano y haberlo dejado marchar, pero por el contrario, las palabras salieron por sí solas de mi boca.
     —¿Quieres quedarte un rato?
     Puede que me hubiese precipitado un poco invitándolo, pero en aquel momento me sentía tan vulnerable y tan inestable a la vez, que me aterraba la idea el hecho de quedarme sola en aquella enorme casa. Quería que se quedase. Lo necesitaba.     Aquella pregunta tomó desprevenido al delegado. Hizo un gesto, un tanto indeciso, y tras revisar la hora en su móvil, se decidió.
     —Está bien —respondió finalmente—. Me quedaré.
     Tras contestar aquello, mi angustia pareció desvanecerse y no dudé en ofrecerle una sonrisa sincera.
     Momentos después, ya nos encontrábamos en el sofá del salón, sentados uno al lado del otro, conversando mientras la tele se encontraba encendida. Lo cierto era que en aquel momento, no habría sabido decir qué era lo que estábamos viendo ni de lo que estábamos hablando siquiera. Sentía que mis labios se movían por sí solos mientras mi mente divagaba una vez más en todo, como si mi propia consciencia tratase de torturarme con sentimientos negativos a pesar de saber que darle vueltas a todo aquello no tenía ningún sentido ni fin.
     —...phie. ¿Sophie? —la voz de Nathaniel me hizo regresar a la realidad. En un momento dado, mi boca había dejado de proferir sonidos y me había quedado mirando a la nada sin quererlo—. ¿Ocurre algo? —desvié la vista hacia el rubio, un tanto confusa, pero finalmente acabé por reaccionar.
     —No, no es nada —traté de sonar convencida, pero al parecer tuvo el efecto contrario. Hice una pequeña pausa y finalmente acabé por rectificar—. Bueno, tal vez solo esté un poco cansada, eso es todo.
     —En ese caso... —Nathaniel se levantó del sofá sin que yo me lo esperase, puede que sea mejor que vaya yéndome para que puedas descansar.
     —¡E-espera! —mis manos lo agarraron de improvisto, levantándome bruscamente del sofá—. C-con eso no quería que entendieses que te tuvieses que ir. De veras que eso es lo último que quiero ahora mismo —Nath se quedó mirándome un momento, un tanto confuso—. P-por favor, no te vayas. Siéntate —mis ojos se habían humedecido ligeramente, pero lo suficiente como para hacerme sentir un insoportable nudo en el corazón—. Qu-quédate, por favor.
     Sus ojos se mantuvieron fijos a los míos mientras su cuerpo se volvía levemente hacia mí. Una de sus manos se alzó y con delicadeza la posó sobre mi rostro, enjugando una pequeña lágrima que había logrado escapar. Seguidamente, su rostro se acercó y depositó un suave beso sobre mi frente y después sobre mis mejillas, haciéndome sonrojar ligeramente. Tras esto, separó su rostro un momento del mío y volvió dirigirme la mirada.
     Instantáneamente después, mi cuerpo se movió solo. Mis labios sellaron los del delegado y este no tardó en corresponderme. Nuestros labios se deslizaron, se acariciaron y se presionaron sobre los del otro.
     Sin embargo, aquello que esperaba que pasase en mi interior, lo que ansiaba que ocurriese en mi corazón..., no sucedió.
     

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